Entre Tyler Durden y William Wilson, “Los miércoles duermo solo” de Juan Carlos Guerrero nos presenta a Miguel. Una propuesta distinta del doppelgänger que habita en el reflejo del espejo y la incomodidad de Ciudad de México. ¿Qué separa la fina línea —y a veces ridícula— entre la cordura y el delirio?
Es fácil hacerse la víctima, decir que todo lo que ha pasado ha sido muy a su propio pesar, para no tener que vivir eternamente en discusiones con una misma; para no pensar que te mereces lo que tienes, que no tienes derecho a sentir tristeza, a estar molesta. Que no tiene sentido que te sientas sola.
A veces el cuerpo parece borrarse, como una playa después de la marea.
Pero siempre queda algo: un rastro, una marca, una grieta desde donde volver a nombrarnos.
La escritura se convierte entonces en acto de resistencia y reapropiación: narrar para existir.
Entre rentas imposibles y mudanzas forzadas, buscar un lugar para habitar también es una forma de resistencia. Cada casa que dejamos guarda las huellas de quienes fuimos, y cada nueva búsqueda nos enfrenta a una ciudad que parece olvidar para quién se construye. Habitar, hoy, es un acto político.
No sé si en la mente de mi mamá, quedarse en Ecatepec era resignarse a estar igual de jodido, pero cuando cumplí 16 nos llevó a vivir a Querétaro. No quería que mi hermana tuviera algo que ver con mis amigos fans de Led Zeppelin, Metallica, Alesana, From First to Last, de pantalones entubados, cabello largo o fleco y delineador.
Mudarse es sobrevivir al huracán de dejar atrás lo que fuimos en cada espacio. Entre cajas y despedidas, quedan las preguntas sobre lo que significa realmente tener un hogar.
¿Qué pasa con las casas que nos dejaron y con las que nunca pudimos habitar del todo?
¿Qué queda de aquellos lugares que alguna vez habitamos? En una azotea de la colonia Roma, en Monterrey #122, hace más de dos décadas, cabían vidas enteras en cuartos de 3x3. Recordar es habitar en ese cuarto que ya no existe.
Escribiendo la ciudad con cada paso, el flâneaur transita las páginas de incontables obras literarias. Este personaje vago se enfrenta a las calles que cambian tanto como el río de Heraclito, integrándose a la lista de arquetipos literarios que funcionan desde el privilegio burgués de merodear sin rumbo y a paso lento.
Construir la memoria implica escombrar entre estos vestigios que quedan para nuestro entendimiento del pasado a través de los objetos. En las colecciones se esconden narrativas de múltiple aproximación interpretativa. Cuando hablamos de museos hablamos de historia, de recintos que preservan nuestra historia. Pero… ¿qué es lo que merece ser preservado?
¿Cómo se nombra la pérdida de un abuelo? ¿Por qué no hay vocablo que la contenga? La voz de una nieta que carga con las cenizas de su abuelo, alternando entre los recuerdos y la añoranza depositada en la esperanza de encontrar una forma de traerlo de regreso.